Buenos Aires
Argentina
Aime Nahmod
Diseñadora Industrial
Docente - Investigadora

9 de junio de 2026

La generación del FOMO que no toma nota

Año 2007. FADU. Aula taller, 200 estudiantes, mesas compartidas entre 8 estudiantes, asignatura Tecnología 2: mientras el docente explica…


La generación del FOMO que no toma nota

Año 2007. FADU. Aula taller, 200 estudiantes, mesas compartidas entre 8 estudiantes, asignatura Tecnología 2: mientras el docente explica el funcionamiento de las máquinas herramienta un compañero hace algo que al resto nos genera admiración. Casi sin despegar la vista del frente, sin perder el hilo de la clase, con una birome simple azul llena las hojas rayadas de su cuaderno anillado con dibujos de corte, sombreados, detalles constructivos. Al final de la clase, cuando el docente termina de hablar sobre el torno paralelo, él tiene en el cuaderno una versión propia de esa máquina: precisa, sintetizada, completamente suya. Todos miramos esos apuntes con algo parecido a la envidia. No son un registro de lo que se había dicho. Son un objeto en sí mismos, un artefacto que condensa comprensión, velocidad y criterio en cada trazo.

Siempre me pareció la forma más asombrosa de tomar nota.

Lo que me pregunto hoy es qué condiciones lo hacían posible y qué condiciones lo vuelven cada vez más improbable. Creo que el cambio fue estructural. Cuando el material de una clase está disponible antes de que termine, cuando la grabación queda guardada y la presentación se puede revisar en cualquier momento, la urgencia de apropiarlo en tiempo real desaparece y con ella el procesamiento que ese apremio activaba.

Las presentaciones se suben antes de que termine la clase. Los materiales se comparten en grupos, se reenvían, se acumulan en carpetas que a veces nunca se abren. La disponibilización absoluta del material resolvió un problema real de acceso, y eso tiene un valor que no debería subestimarse. Lo que todavía estamos procesando es otra cosa: cómo ese cambio transformó el vínculo de los estudiantes con el conocimiento en el momento en que se produce. La atención se vuelve diferible. Escuchar deja de ser un acto de registro para convertirse en una experiencia más o menos pasiva, con la tranquilidad de que después se puede revisar. Ese después muchas veces no llega, y cuando llega, lo que falta es el procesamiento que tendría que haber ocurrido en vivo.

Ahí aparece la paradoja más llamativa: estamos frente a una generación que vive atravesada por el FOMO, el miedo a perderse algo, y que en el aula no toma nota. El fear of missing out supone una ansiedad por estar presente, por no quedar afuera, por capturar la experiencia. Tomar nota era, históricamente, la forma más concreta de esa captura: el gesto de quien quiere llevarse algo consigo.

Una hipótesis posible es que el FOMO opera sobre experiencias que no se pueden reproducir, como un recital, una conversación, un momento social, y que el aula, al volverse completamente documentable, salió de esa categoría. Si la clase se graba, si la presentación se sube, si el chat queda guardado, la presencia deja de ser irreemplazable y con ella se diluye la urgencia de registrar.

Tomar nota es un acto cognitivo: obliga a escuchar con criterio, a decidir qué es relevante, a traducir lo que se oye a palabras propias. En ese proceso ocurre algo que ningún archivo puede reemplazar: la información se transforma en pensamiento. La nota registra lo que el estudiante entendió, seleccionó, conectó. Es una huella del procesamiento, no del contenido.

En los talleres de diseño eso tiene una dimensión adicional. Tomar nota a mano, a la velocidad que impone la clase, obliga a inventar: esquemas, símbolos, bocetos abreviados que condensan en un trazo lo que no da tiempo de escribir con palabras. Me parece que esa urgencia gráfica no es un defecto del registro sino su forma más genuina. El estudiante de diseño que anota en clase está haciendo algo análogo a lo que hace la taquigrafía con la escritura: desarrollando un sistema propio de representación acelerada, personal e irrepetible, que solo funciona porque quien lo produce también sabe leerlo. En ese gesto hay diseño antes del diseño. Hay síntesis, hay criterio, hay una forma de mirar que se entrena cada vez que la mano tiene que decidir rápido qué vale la pena capturar y cómo.

Los apuntes de mi compañero de Tecnología 2 eran un sistema de representación que él había desarrollado a lo largo de años de clases, de urgencia y de atención sostenida. Se podían mirar, admirar, incluso fotocopiar. Lo que no se podía transferir era el proceso que los había producido: la escucha activa, la decisión rápida, la traducción gráfica de lo que se entendía en el momento en que se entendía.

La disponibilización total del material resolvió el problema del acceso. El desafío que dejó abierto es de otra naturaleza: cómo se construye conocimiento cuando la urgencia de apropiarlo en el momento ya no existe.

En la era del fin de la pregunta, donde todo pareciera tener respuesta mediada por IA, donde la pregunta misma corre el riesgo de volverse prescindible, el aula abre todos los días el interrogante más difícil de resolver algorítmicamente: por qué hacemos lo que hacemos, por qué estudiamos, qué nos mueve a querer entender cada vez más.

Por suerte esa pregunta no se descarga para revisarla después. Se construye en el intercambio, en la atención sostenida, en el gesto de quien decide registrar algo porque le importa. Siento que ahi reside una de las funciones más profundas de la docencia hoy: no custodiar el acceso al conocimiento, que ya no es escaso, sino sostener la motivación de ir a buscarlo.